"40 AÑOS DE SOLEDAD"
¡¡¡NUNCA UNA FOTO, NUNCA UN APLAUSO!!!
E
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n estas jornadas donde el tiempo deja
espacio, mas para el recuerdo que para el futuro, la quietud de los días y la
confusión, bajan como en tiempo presente, paso para la nostalgia de aquello que
vivimos encuadrado dentro de una felicidad, que por toda lógica se hace única e
irrepetible.
Y siempre, dentro de esas secuencias que
nos ha dejado la vida, aparecen hechos y personajes que quizá por la
vertiginosidad de una existencia normal, hoy nos ubica en esas melancólicas jornadas,
vividas con placidez en lo que siempre
hemos considerado nuestra segunda casa.
Allí, en el viejo y recordado Platense
de los años de nuestra inocente niñez, los hoy ya veteranos, que se pueden dar
esos lujos del recuerdo, repasamos a infinidad de hombres que fueran algo así
como un exacto semejante de nuestro amor a los colores que nos conquistaran para siempre.
Es que allí, en esas casi tres hectáreas
en la soledad de cuando el club solo era una confusión de aromas de gramilla
con tierra humeda y madera, solo un alma perdida era visible cuando, no existieran las grandes
multitudes que colmaban sus tablones.
Nadie, o pocos dispersos hacia el
siempre vigente buffet, nos daban la paz necesaria para recordar una jugada o
mitigar algún dolor que aun de pibes
debemos sobrellevar.
Pero en las entrañas de aquello que nos
resultaba monumental, sabíamos que camino hacia velódromo, montado en la
reluciente Legnano, nos encontraríamos
con un icono de Platense. Alguien que no
hacía goles, que no practicaba deporte alguno y que la soledad perenne, era su única
y gran compañera.
Un alguien que solo era vida de su misma
vida, pero que pareciera ser parte de la escenografía del desierto de un club,
que le era propio, vaya uno a saber cargado de que bagaje de un pasado que
nadie pudo descubrir.
En definitiva un hombre. Un ser
taciturno de rostro cetrino, boina negra calzada como parte de su ser.
Toscanito en sus labios y sin palabras
que surgieran de ellos. Se llamaba Máximo, sin apellido, sin afectos, solo su
cancíno andar que terminaba en una lugrube cajita de chapa ubicada debajo de la
tribuna sobre Amenabar.
Su estilo, su personalidad de buen portugués,
siempre contó con el afecto y respeto de todo quien se acercara al Club. Se fue
Platense y con el camión que se llevara todo, quizá colgado del estribo, también
se fue el, este olvidado inolvidable. Su tarea era ayudar en algunos quehaceres
del predio. Aquel ilustre que perteneciera al moblaje del inventario de Platense,
era petiso, de andar lento, con una faja negra que envolvía si delgada cintura,
fue un personaje imborrable de nuestras retinas, a quien le queremos rendir
nuestro homenaje y respetuoso recuerdo. Hoy, estará en el cielo junto a los que
van llegando de la familia calamar.
Máximo, “sin apellido”, era un famoso en sus tres hectáreas, a quien
solo se lo conocía como
“FURRIDIÑO”
Simplemente un alma blanca, con tallada piel de bronce.